El sol de la mañana apenas comenzaba a calentar, pero el aire ya vibraba con una emoción palpable. No era un día cualquiera; era "el día de playa". Desde temprano, las calles de tierra de los barrios cobraban vida con el trajín de grupos enteros: colonias escolares con sus uniformes impolutos (al menos por ahora), clubes deportivos con sus banderas ondeando, juntas de vecinos que se habían organizado con meses de antelación, y familias enteras que se unían para compartir la aventura.
El corazón de esta peregrinación playera, antes de la era de las autopistas, era el tren. El silbato de la locomotora era una melodía de promesa, anunciando la llegada inminente de la libertad y el mar. Los vagones se llenaban hasta el tope, con risas de niños, conversaciones animadas de adultos y el tintineo de las canastas que guardaban los tesoros del día.
Y hablando de tesoros, ¿qué sería de un viaje a la playa sin la gastronomía playera? El huevo duro, infaltable y perfectamente cocido, era el rey indiscutible de la vianda. Venía acompañado de las gloriosas presas de pollo, que no importaba si se comían frías, seguían siendo un manjar. Y para los adultos, el secreto mejor guardado, el placer de los dioses: el melón con vino, una refrescante explosión de dulzura y embriaguez que se compartía bajo el sol.
Al llegar a la playa, el paisaje se transformaba. Las palmeras se erguían como centinelas verdes, ofreciendo una sombra bienvenida y un telón de fondo exótico para la alegría desbordante. El aire salado, la brisa marina, el rugido de las olas... todo invitaba a la inmersión total. Los niños corrían hacia el agua, mientras los adultos buscaban el mejor lugar para extender las toallas.
La jornada era un torbellino de actividades: chapuzones en las olas, construcciones de castillos de arena que resistían el embate de las mareas solo por un tiempo, partidos de fútbol improvisados y, por supuesto, las siestas bajo el sol. Los vendedores ambulantes pasaban con sus pregones, y el cuchufli y el pan de huevo se convertían en tentaciones irresistibles, el postre perfecto para un día de disfrute.
Las horas volaban. El sol comenzaba su descenso, pintando el cielo con tonos anaranjados y violetas. Era la señal para empezar a recoger, a sacudirse la arena pegada en cada rincón, a guardar los recuerdos de un día redondo. El camino de regreso, ya sea en el mismo tren ruidoso o en los buses que ahora dominaban la ruta, estaba lleno de un cansancio feliz. Los niños dormían profundamente, con el olor a sal en el pelo y la arena aún en los pies. Los adultos conversaban en voz baja, compartiendo anécdotas del día, ya pensando en la próxima vez.
Porque, al final, no era solo un día de playa. Era una jornada de unión, de desconexión, de risas compartidas y de memorias que se grababan a fuego lento en el corazón. Era la esencia misma de un verano chileno, o de cualquier latitud donde el mar llama a la felicidad colectiva.
Cuéntame tuviste un día de Playa?
