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martes, 17 de febrero de 2026

Ocupacion de Antofagasta

El ocaso de la paz en el desierto: Crónica historiográfica de la reivindicación y ocupación de Antofagasta en 1879
El desierto de Atacama, durante la mayor parte del siglo XIX, fue percibido por las administraciones coloniales y las nacientes repúblicas como una geografía del vacío, un estorbo territorial que separaba los centros de poder del altiplano y el valle central chileno. Sin embargo, la transmutación de este "desierto de nadie" en un epicentro de riqueza global hacia la década de 1870 alteró irremediablemente la balanza de poder en el Cono Sur. La ocupación de Antofagasta el 14 de febrero de 1879 no fue un evento súbito ni aislado, sino el desenlace de una tensión estructural donde el derecho internacional positivo colisionó con las necesidades fiscales de un Estado boliviano en crisis y las ambiciones expansivas de un Chile institucionalmente consolidado. Esta crónica analiza los factores que convirtieron un impuesto de diez centavos en el detonante de una conflagración continental, examinando la composición social, el marco legal y la secuencia de hechos que marcaron el fin de la diplomacia en la región.

La génesis del conflicto: El espejismo de los límites y la fiebre del nitrato

La ambigüedad de los límites heredados del periodo colonial, bajo el principio de Uti Possidetis, dejó a la región de Atacama en una nebulosa jurisdiccional donde las audiencias de Charcas y las capitanías generales no habían necesitado fijar hitos en medio de la nada absoluta. Mientras la zona carecía de valor comercial, las disputas eran meramente retóricas; no obstante, el descubrimiento de yacimientos de guano y, posteriormente, de salitre —el "oro blanco"—, cambió radicalmente la ecuación geopolítica.

Para intentar resolver las desavenencias iniciales, Chile y Bolivia suscribieron el Tratado de Límites de 1866. Este documento estableció el paralelo 24°S como frontera política, pero introdujo una "solución creativa" que a la postre resultó ser una fuente de fricción inagotable: la zona de beneficios compartidos entre los paralelos 23°S y 25°S. En este espacio, ambos países debían repartirse equitativamente los derechos de exportación de minerales, una estructura de co-soberanía económica que presuponía una confianza mutua inexistente en la práctica. La ineficacia de este sistema, que generaba constantes roces por la fiscalización de las aduanas, llevó a la firma del Tratado de 1874.

Evolución de los acuerdos fronterizos y económicos (1866-1874)

El Tratado de 1874 representó una capitulación estratégica de Chile sobre sus derechos de medianía tributaria al norte del paralelo 24°S, a cambio de una garantía de estabilidad jurídica para sus nacionales. El Artículo IV de dicho tratado se convirtió en el eje de la controversia posterior, al estipular que las personas, industrias y capitales chilenos no estarían sujetos a nuevos impuestos por un periodo de veinticinco años.

| Tratado de Límites | Eje Fronterizo | Régimen Económico | Cláusula de Salvaguarda |
|---|---|---|---|

| Tratado de 1866 | Paralelo 24°S | Medianía: repartición de impuestos entre 23°S y 25°S | Repartición equitativa de derechos de exportación.
 |
| Protocolo Lindsay-Corral (1872) | Paralelo 24°S | Intento de agilizar la fiscalización de aduanas | Buscaba resolver las trabas administrativas del tratado anterior. |
| Tratado de 1874 | Paralelo 24°S | Soberanía fiscal plena de Bolivia al norte del 24°S | Prohibición de aumentar impuestos a chilenos por 25 años. |

La importancia de este marco legal residía en que protegía la operación de la Compañía de Salitres y Ferrocarriles de Antofagasta (CSFA), una entidad de capitales mayoritariamente chilenos y británicos que se había convertido en el motor económico de la región. La CSFA no solo explotaba el salitre, sino que poseía el derecho de construir el ferrocarril hacia Las Salinas, consolidando una infraestructura que Bolivia, desde su lejano altiplano, no podía emular.

El detonante económico: La ley de los diez centavos y la crisis boliviana

Hacia 1878, la República de Bolivia atravesaba uno de los periodos más oscuros de su historia republicana. Una combinación de desastres naturales y mala gestión fiscal había dejado al país en una situación de vulnerabilidad extrema. El terremoto y maremoto de mayo de 1877 había devastado el litoral, destruyendo puertos vitales como Cobija y alterando la precaria infraestructura de transporte. A esto se sumó una sequía devastadora en 1878 que provocó hambrunas, pestes y una gran mortandad en el interior, especialmente en Cochabamba.

Ante la necesidad urgente de fondos para la reconstrucción y el sostenimiento del Estado, el gobierno del general Hilarión Daza buscó nuevas fuentes de ingresos. El 14 de febrero de 1878, la Asamblea Nacional de Bolivia aprobó una ley que ratificaba la transacción celebrada por el ejecutivo en 1873 con la CSFA, pero imponiendo un gravamen de 10 centavos por cada quintal de salitre exportado. Desde la óptica del derecho boliviano, esta medida se justificaba bajo el argumento de que la licencia original de la compañía nunca había sido perfeccionada por el Congreso, por lo que el impuesto era una condición necesaria para la validación legal de sus operaciones.

La mecánica del gravamen y la resistencia de la CSFA

La imposición de este tributo no solo era vista como una carga financiera, sino como una violación flagrante del derecho internacional positivo consignado en el Tratado de 1874. La Compañía de Salitres, encabezada por su gerente George Hicks, adoptó una postura de resistencia absoluta. Hicks, imbuido de un espíritu beligerante y consciente del respaldo que su empresa tenía en la elite política chilena, se negó a pagar incluso bajo amenaza de embargo.

La fórmula del impacto económico puede visualizarse a través de la relación entre el volumen de exportación y la carga tributaria:
Donde:

 * T_{total} es el tributo total exigido en pesos bolivianos.

 * Q representa el volumen en quintales métricos de salitre exportado.

Aunque la cifra de diez centavos parecía menor, el volumen masivo de exportación de la CSFA convertía este impuesto en una suma considerable para la época. Para febrero de 1879, la deuda acumulada reclamada por Bolivia ascendía a más de 90.000 bolivianos. El conflicto escaló de una disputa comercial a una crisis de soberanía cuando Chile advirtió formalmente que la aplicación del impuesto conduciría a la abrogación total del tratado de límites, lo que implicaría el renacimiento de los derechos territoriales chilenos sobre el territorio en disputa.

El camino a la ruptura: Diplomacia en la oscuridad y el factor peruano
Mientras las notas diplomáticas cruzaban la cordillera con creciente hostilidad, un elemento soterrado condicionaba las decisiones de La Paz y Lima: 
el Tratado de Alianza Defensiva de 1873. Este pacto secreto, firmado por los
 plenipotenciarios Juan de la Cruz Benavente y José de la Riva Agüero, obligaba a ambos países a defenderse mutuamente ante agresiones externas y a no concluir tratados de límites sin conocimiento previo del aliado.

Perú, aquejado por un déficit fiscal crónico y preocupado por el auge del salitre chileno que amenazaba su propio monopolio en Tarapacá, veía en la alianza una forma de contener la expansión de su vecino del sur. Sin embargo, la firma del Tratado de 1874 por parte de Bolivia sin consultar a Perú había generado tensiones internas en la alianza, que solo se reactivó ante la inminencia de la acción militar chilena en 1879.

Intereses y motivaciones de los actores regionales en 1879
| Estado | Interés Estratégico | Postura ante el Impuesto |
|---|---|---|

| Chile | Protección de la inversión privada y estabilidad de tratados. | Consideraba el impuesto un casus belli que anulaba el límite del paralelo 24. |

| Bolivia | Recaudación fiscal urgente y afirmación de soberanía litoral. | El impuesto era un derecho soberano sobre un recurso nacional mal concesionado. |

| Perú | Sostenimiento del estanco del salitre y defensa del equilibrio regional. | Mediación inicial (Lavalle) que ocultaba la vigencia del pacto secreto de 1873. |

La diplomacia chilena, liderada por el canciller Alejandro Fierro, agotó las instancias de arbitraje que Bolivia rechazó sistemáticamente. Ante la inminencia del embargo y el remate de las propiedades de la CSFA fijado para el 14 de febrero de 1879, el presidente chileno Aníbal Pinto tomó la decisión de utilizar la fuerza para "reivindicar" el territorio que Chile consideraba propio antes de las concesiones hechas en los tratados de 1866 y 1874.

El 14 de febrero de 1879: Crónica del desembarco y la ocupación

La mañana del 14 de febrero de 1879, la bahía de Antofagasta amaneció bajo la sombra de tres colosos de hierro. El blindado Blanco Encalada, que ya se encontraba en el puerto desde principios de año como una advertencia silenciosa, recibió la compañía del blindado Almirante Cochrane y la corbeta O'Higgins. La llegada de estas naves coincidía precisamente con la hora en que el martillero público debía iniciar el remate de las salitreras chilenas para liquidar la deuda del impuesto.

A las 7:00 AM, las naves saludaron con salvas a la población, provocando un nerviosismo absoluto entre las autoridades bolivianas. Poco después de las 7:30 AM, una lancha se desprendió del Cochrane transportando al capitán de Artillería de Marina, José Manuel Borgoño. Junto al cónsul chileno Nicanor Zenteno, Borgoño se dirigió a la Prefectura para entregar una comunicación formal al prefecto boliviano, Severino Zapata.

El ultimátum de Sotomayor y la respuesta de Zapata

La nota entregada por Borgoño, redactada por el coronel Emilio Sotomayor, jefe de las fuerzas expedicionarias, era escueta pero definitiva. En ella se informaba que, habiéndose roto el Tratado de 1874, el gobierno de Chile procedía a tomar posesión del territorio comprendido hasta el grado 23. Sotomayor instaba a Zapata a garantizar una posesión pacífica para evitar accidentes desgraciados, ofreciendo garantías a los ciudadanos bolivianos.

La respuesta de Severino Zapata ha quedado registrada como un testimonio de honor ante la disparidad de fuerzas. "Mandado por mi Gobierno a ocupar la Prefectura de este departamento, solo podré salir a la fuerza", escribió el prefecto, añadiendo que "no hay fuerzas con que contrarrestar a tres buques blindados de Chile, pero no abandonaremos este puerto sino cuando se consume la invasión armada". Zapata protestó enérgicamente en nombre de Bolivia contra lo que calificó como un "incalificable atentado" antes de retirarse hacia el interior.

El desembarco de la Artillería de Marina

Aproximadamente a las 9:00 AM, se inició el desembarco de una compañía del Regimiento de Artillería de Marina —antecesores de la actual Infantería de Marina— en el muelle del puerto. Los 200 hombres de Sotomayor pusieron pie en tierra sin enfrentar resistencia armada alguna. Lo que siguió no fue el silencio de una ocupación militar hostil, sino el júbilo de una población mayoritariamente chilena que había vivido meses de tensión bajo la administración de Zapata.

Las banderas chilenas, que habían sido guardadas en el fondo de los baúles durante años, aparecieron repentinamente en los balcones y techos de los edificios. La ocupación fue recibida con "entusiastas aplausos" por una multitud que se congregó desde el muelle hasta el centro de la ciudad. La asimetría demográfica de Antofagasta en 1879 explica por qué el evento fue vivido como una "liberación" por la mayoría de los habitantes del puerto.
Composición social y demográfica: La "chilenización" previa al conflicto
Para entender el éxito logístico y la recepción social de la ocupación, es imperativo analizar la transformación humana que había sufrido el litoral boliviano en las décadas anteriores. Bolivia, debido a su estructura social centrada en el altiplano y a la falta de conectividad, nunca logró colonizar efectivamente su costa. El vacío fue llenado por una migración masiva de peones chilenos, atraídos por el guano, el salitre y el auge argentífero de Caracoles en 1870.

Esta masa trabajadora, conocida por su carácter levantisco y su identidad de clase, generó una fricción constante con las autoridades bolivianas. En 1875, Antofagasta ya presentaba una fisonomía social marcadamente chilena, donde la minoría boliviana se limitaba mayoritariamente a la burocracia administrativa y a la pequeña guarnición policial.

| Nacionalidad | Población Estimada (1875-1879) | Porcentaje Aproximado |
|---|---|---|
| Chilenos | 4.530 - 6.500 | 84% - 93%  |
| Bolivianos | ~500 | < 10% |
| Europeos / Otros | ~500 | ~6% |
| Total Antofagasta | 5.384 - 8.500 | 100% |

Este fenómeno demográfico es lo que algunos historiadores denominan la "chilenización de facto". La presencia de miles de chilenos no solo garantizaba la mano de obra para las salitreras, sino que creaba un ambiente de hostilidad latente contra cualquier medida fiscal boliviana que afectara a sus empleadores. De hecho, antes de la ocupación militar, ya se habían registrado motines de trabajadores en la Plaza Colón en protesta contra intentos previos de cobrar impuestos municipales.

Vida cotidiana y geografía urbana: Antofagasta en la víspera de la guerra
En 1879, Antofagasta era una ciudad de contrastes, donde la modernidad de las máquinas de la CSFA convivía con la precariedad de una población que luchaba contra el desierto. La ciudad se extendía a lo largo de la costa con casas de madera, muchas de ellas importadas y ensambladas en el lugar, y calles polvorientas que terminaban abruptamente en los cerros de la cordillera de la Costa. El clima era inclemente; de día, la camanchaca cubría el puerto con una humedad pegajosa que pronto daba paso a un sol abrasador, mientras que las noches eran frías y azotadas por el viento sur.

La cotidianidad de los soldados y civiles era austera. Crónicas de la época describen la alimentación como sobria, "como la de un espartano", basada en productos que llegaban por mar desde el sur de Chile. La única entretención diurna era observar el movimiento de los buques o "espantarse las moscas", mientras que en las noches la población se defendía de plagas de chinches y vinchucas.

Incidentes y retratos del puerto ocupado
Un suceso poco recordado pero que ilustra la actividad del puerto fue el derrame de petróleo del vapor norteamericano Cadic poco antes de la guerra. La rotura de una manguera de descarga cubrió la bahía con una capa espesa de crudo, manchando las embarcaciones recién pintadas e impidiendo los baños públicos, lo que generó airadas quejas en la prensa local como el diario El Mercurio de Antofagasta.

En este escenario de tensiones y crudo, surgieron figuras que encarnaron el drama nacional de ambos bandos. Por el lado chileno, Irene Morales, una lavandera que se infiltró en las tropas disfrazada de hombre para vengar a su marido asesinado por bolivianos años antes. Por el lado boliviano, la niña de 14 años Genoveva Ríos, hija del comisario de policía, quien durante el desorden de la ocupación logró rescatar la bandera boliviana que ondeaba en la Prefectura, ocultándola bajo sus ropas para evitar que fuera ultrajada por la multitud enardecida.

El repliegue boliviano y la expansión de la ocupación
Tras la entrega de la Prefectura, Severino Zapata y los empleados bolivianos recibieron un plazo para abandonar la ciudad. El 16 de febrero, Zapata partió hacia el puerto de Cobija, dejando Antofagasta bajo control militar chileno. Sin embargo, la ocupación no se limitó al puerto. El coronel Sotomayor, consciente de la necesidad de asegurar las fuentes de agua y los centros mineros, extendió sus fuerzas hacia el interior.
| Localidad Ocupada | Importancia Estratégica | Fecha de Toma |
|---|---|---|
| Antofagasta | Puerto principal y sede de la CSFA | 14 de febrero de 1879 |
| Mejillones | Segundo puerto de exportación de guano y salitre | 14 de febrero de 1879  |
| Caracoles | Centro minero de plata de gran valor fiscal | Febrero de 1879 (días posteriores) |
| Calama | Oásis estratégico y punto de control del río Loa | 23 de marzo de 1879 |

La toma de Calama el 23 de marzo marcó el primer enfrentamiento de sangre de la contienda. Allí, el hacendado Eduardo Abaroa y un grupo de voluntarios civiles intentaron detener el avance de las tropas chilenas en el vado del Topáter. La disparidad técnica —rifles Comblain y Gras chilenos contra armas obsoletas y el aislamiento boliviano— dictó el resultado: la muerte de Abaroa y el control total de Chile sobre el departamento del Litoral.

La reacción en Bolivia: Del Carnaval a la declaración de guerra
La noticia del desembarco llegó a La Paz de manera tardía y fragmentaria. Aunque el mito sostiene que Hilarión Daza ocultó la noticia para no interrumpir el Carnaval, historiadores modernos sugieren que el retraso se debió a la precariedad de las comunicaciones. Una vez confirmada la agresión, el sentimiento de indignación recorrió el altiplano. El 1 de marzo de 1879, Daza declaró a Bolivia en estado de guerra, ordenando la expulsión de los residentes chilenos y la confiscación de sus propiedades.

Bolivia apeló de inmediato al Tratado de 1873 con Perú. El gobierno peruano, en una posición incómoda, envió a José Antonio de Lavalle a Santiago para intentar una mediación que detuviera la escalada. Sin embargo, el presidente chileno Aníbal Pinto, ya informado de la existencia del pacto secreto, exigió al Perú una declaración inmediata de neutralidad. La negativa peruana y su posterior reconocimiento de la alianza con Bolivia llevaron a Chile a declarar formalmente la guerra a ambos países el 5 de abril de 1879.
Perspectivas historiográficas: Reivindicación vs. Invasión
El análisis de la ocupación de Antofagasta ha generado dos narrativas nacionales profundamente divergentes que persisten hasta hoy en la educación y la política de ambos países.

La Tesis de la Reivindicación (Chile)
Desde la óptica chilena, la acción del 14 de febrero no fue una invasión, sino un acto jurídico de reivindicación. El argumento sostiene que el Tratado de 1874 era un contrato bilateral; al violar Bolivia la cláusula de impuestos (Artículo IV), el contrato se invalidaba, haciendo que la frontera volviera a su estado previo de indefinición. Bajo esta premisa, Chile simplemente reocupaba un territorio sobre el cual nunca había renunciado totalmente a sus derechos soberanos originales. Historiadores como William F. Sater añaden que, más allá del derecho, Chile actuó preventivamente para proteger a su población mayoritaria y asegurar el control de recursos estratégicos antes de que Bolivia pudiera consolidar una alianza militar efectiva.

La Tesis de la Invasión Premeditada (Bolivia)

La historiografía boliviana, representada por autores como Roberto Querejazu Calvo, califica el evento como una invasión injustificada y premeditada. Argumentan que Chile utilizó el impuesto de los diez centavos como una simple "excusa" para ejecutar un plan de expansión territorial largamente planeado por su elite política y empresarial. Se subraya que la ocupación se realizó mientras aún existían gestiones diplomáticas en curso, violando los principios de resolución pacífica de conflictos. La "bolivarización" del litoral intentada por Daza era, según esta visión, un ejercicio legítimo de soberanía fiscal de un Estado que necesitaba recursos tras desastres naturales devastadores.
El legado del 14 de febrero: El fin de la soberanía litoral de Bolivia
La ocupación de Antofagasta transformó permanentemente la geopolítica de Sudamérica. Para Chile, significó la incorporación de vastos territorios ricos en nitratos que financiarían el desarrollo del Estado durante décadas, aunque también lo arrastró a una guerra de cinco años contra dos naciones aliadas. Para Bolivia, el 14 de febrero de 1879 marcó el inicio de su mediterraneidad, una pérdida territorial de aproximadamente 120.000 kilómetros cuadrados que alteró su destino económico y social.

En conclusión, la ocupación de Antofagasta fue el clímax de un proceso donde la riqueza del desierto superó la capacidad de la diplomacia para gestionar fronteras coloniales mal definidas. El impuesto de los diez centavos no fue la causa única de la guerra, sino el catalizador legal que permitió a Chile actuar en defensa de una estructura económica y demográfica que ya era suya de facto. En Antofagasta, la paz se vendió por diez centavos, y el remate que nunca llegó a realizarse terminó costando el futuro de una generación entera de sudamericanos.


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