El sol se alzaba tímidamente sobre los campos de Rauco, pintando los cerros con tonos dorados y rosados. Mi viaje a Constitución, a través de caminos secundarios, prometía aventura y descubrimiento. Las ruedas de mi vehículo crujían sobre la tierra, y el aroma a eucalipto se filtraba por las ventanas abiertas. En la plaza de Rauco, me detuve para estirar las piernas. Los árboles centenarios ofrecían sombra, y los bancos de madera invitaban al descanso. Los lugareños charlaban animadamente, y los niños correteaban alrededor de la fuente. Me sentí parte de esa escena, un visitante que se sumergía en la vida cotidiana de un pequeño pueblo. Continué mi ruta hacia Lirquén, donde la pasarela “Los Escalones” se alzaba sobre el río. El sonido del agua me acompañaba mientras exploraba la feria artesanal. Los puestos ofrecían tejidos, cerámica y dulces caseros. Compré una pequeña figura tallada en madera, un recuerdo tangible de mi viaje. Finalmente, llegué a Constitución. La Roca de las V...